Recuerdo que en la mañana previa al partido de las 00h05, aquel Barça-Sevilla recientemente rememorado en este humilde y poco actualizado blog, paseaba yo por el Paseo de Gracia barcelonés cuando, súbitamente, me encontré a Ronaldo de Assís Moreira, "Ronaldinho", ataviado con un gorrito que recogía su rizada melena, una camiseta Imperio -creo que les llaman-, y su célebre y discreta cadenita con la "R".
Le saludé, dándole la mano, al tiempo que, no tengo ni idea de por qué, le decía: "Esta noche al Sevilla no le vayas a marcar, ¿eeehh?". Al ver que se quedaba un poco extrañado, le expliqué: "Hoy, contra el Sevilla, ningún gol".
El caso que me hizo puede verse aquí
Mostrando entradas con la etiqueta experiencia vital a lo Ortega y Gasset. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta experiencia vital a lo Ortega y Gasset. Mostrar todas las entradas
lunes, 14 de septiembre de 2009
lunes, 13 de julio de 2009
Tapie
Recuerdo una época, con 11 ó 12 años (allá por el 97), en la que a mis amigos y a mí nos dio por llamar desde las cabinas al número de información de Telefónica.
Solíamos preguntar por números de teléfonos de gente tipo "Ana Botieso", "Tomás Turbado" o "Homer Simpson", pero una vez, no sé por qué, me bloqueé y el nombre que me salió fue el de Bernard Tapie, sin tener ni idea en ese momento de quién era ese señor.
El telefonista, curtido en mil batallas él, después de buscar el número y decirme que no aparecía, me dijo: "Igual es que está en Marsella, ¿no?". Un grande.
Solíamos preguntar por números de teléfonos de gente tipo "Ana Botieso", "Tomás Turbado" o "Homer Simpson", pero una vez, no sé por qué, me bloqueé y el nombre que me salió fue el de Bernard Tapie, sin tener ni idea en ese momento de quién era ese señor.
El telefonista, curtido en mil batallas él, después de buscar el número y decirme que no aparecía, me dijo: "Igual es que está en Marsella, ¿no?". Un grande.
viernes, 19 de junio de 2009
Juande Ramos mea en la calle igual que tú y que yo
Recuerdo que hace 3 ó 4 años, en una noche como esta, me encontré a Juande Ramos y a Cristobal Soria meando en la calle, al lado de la discoteca Casino. Una vez dentro, me acerqué a Cristobal Soria (el delegado follonero del Sevilla con parecido razonable a Kevin Costner) y le pregunté acerca de las Kelme Reyes que lucía, a lo que me soltó un "¡qué cabrón!".
Lo prometo, iba vestido normal pero llevaba unas botas Kelme plateadas que pueden ser de lo más feo que haya fabricado la marca alicantina desde que Álvaro Pino corría con ellos (que ya es decir).
Sobra decir que a ninguno de los dos le di la mano, que uno es pulcro.
Lo prometo, iba vestido normal pero llevaba unas botas Kelme plateadas que pueden ser de lo más feo que haya fabricado la marca alicantina desde que Álvaro Pino corría con ellos (que ya es decir).
Sobra decir que a ninguno de los dos le di la mano, que uno es pulcro.
jueves, 28 de mayo de 2009
Ja la tens aquí, Pep
Recuerdo un 20 de mayo de 1992. En aquella época no teníamos tele en casa porque mis padres habían decidido que era buena idea prescindir de ese aparato durante un tiempo, que si no recuerdo mal no pasó de los dos años.
De modo que recuerdo que me fui temprano a la cama a pesar de que el Barça, mi Barça, se jugaba contra la Sampdoria ganar su primera Copa de Europa.
Recuerdo que mi hermano me contó al día siguiente que cuando Koeman había marcado, vino a mi cama a decírmelo y que yo, medio dormido, le dije que "qué bien".
Recuerdo la final de Atenas en el 94, las rayas del césped circulares, los goles de Massaro, un negro llamado Desailly haciendo y deshaciendo a su antojo en el centro del campo, las cantadas de Zubi, la pasividad de Romario, el muro defensivo del Milán -Rossi incluido-, el fin del Dream Team, las lágrimas de un niño de 8 años...
Después vino el fin de la Era Cruyff, el carrusel de entrenadores, la plaga de holandeses, las constantes eliminaciones en las fases de grupos, la final de Uefa del Alavés y la sensación de que era más atractivo ser de un equipo humilde.
De ahí a casi celebrar el gol de Sol Campbell en París (iban con uno menos y yo tiendo a apoyar al débil) y a gritar el de Belletti (algo quedaba de ese pasado culé). A no tener nervio alguno antes de una final en Roma contra el Manchester pero a acabar rindiéndome ante una constructora de fútbol en la que Guardiola traza los planos, Puyol carga los sacos, Xavi dirige la obra e Iniesta se encarga de la decoración. Algo tendrán estos tíos cuando han ganado las cuatro últimas competiciones que han jugado.
Yo, a lo mío, con la extraña sensación de no tener el más mínimo sentimiento hacia el equipo del que un día fui y por no llegar a identificarme con el equipo del que en teoría soy. Como las novias, tú.
De modo que recuerdo que me fui temprano a la cama a pesar de que el Barça, mi Barça, se jugaba contra la Sampdoria ganar su primera Copa de Europa.
Recuerdo que mi hermano me contó al día siguiente que cuando Koeman había marcado, vino a mi cama a decírmelo y que yo, medio dormido, le dije que "qué bien".
Recuerdo la final de Atenas en el 94, las rayas del césped circulares, los goles de Massaro, un negro llamado Desailly haciendo y deshaciendo a su antojo en el centro del campo, las cantadas de Zubi, la pasividad de Romario, el muro defensivo del Milán -Rossi incluido-, el fin del Dream Team, las lágrimas de un niño de 8 años...
Después vino el fin de la Era Cruyff, el carrusel de entrenadores, la plaga de holandeses, las constantes eliminaciones en las fases de grupos, la final de Uefa del Alavés y la sensación de que era más atractivo ser de un equipo humilde.
De ahí a casi celebrar el gol de Sol Campbell en París (iban con uno menos y yo tiendo a apoyar al débil) y a gritar el de Belletti (algo quedaba de ese pasado culé). A no tener nervio alguno antes de una final en Roma contra el Manchester pero a acabar rindiéndome ante una constructora de fútbol en la que Guardiola traza los planos, Puyol carga los sacos, Xavi dirige la obra e Iniesta se encarga de la decoración. Algo tendrán estos tíos cuando han ganado las cuatro últimas competiciones que han jugado.
Yo, a lo mío, con la extraña sensación de no tener el más mínimo sentimiento hacia el equipo del que un día fui y por no llegar a identificarme con el equipo del que en teoría soy. Como las novias, tú.
lunes, 18 de mayo de 2009
Recuerdos de infancia
Recuerdo los partidos de los recreos, cuando elegíamos a los equipos a "pares o nones" y que, al desconocer el significado de aquellas extrañas palabras, contábamos los dedos uno a uno cayendo siempre en la discusión de si se empezaba por nones o por pares.
Recuerdo cómo intentábamos atraer para esos partidos a quienes tenían otras distracciones previstas para su recreo (jugar al elástico con las niñas, a los indios y vaqueros de plástico o, simplemente, comerse el bocadillo tranquilamente sentado), porque intentábamos formar una defensa lo más nutrida posible a base de gorditos y mariquitas.
Eran tiempos en los que antes de empezar había que aclarar que los "bujinazos" estaban prohibidos ("no valen bujis"), por no hablar de los punterones. Años en los que las rimas de mi vida eran las de "de portería a portería, fullería" y, con melodía incluida, las de "hemos ganao/la Copa del meao/los que han perdío/se la han bebío". Sietes de enero con las calles llenas de niños vestidos de arriba abajo con una nueva equipación de fútbol a la que no le faltaban ni las espinilleras.
Los balones buenos, entonces, eran los que traía algún afortunado que ese día cumplía años y que, nos garantizaban, eran "de reglamento". Eso sí, ¡cuánto fastidiaba que alguien trajera un Mikasa, al que no lográbamos desplazar más de 5 metros (a pesar de tirar "con toas mis ganas").
Bendita infancia en la que hacían ilusión cosas tan simples como ponerle un número a una sencilla camiseta de algodón ("¿el 10 de Oli?, ¿el 11 de Tom?"). Tiempos en los que aún no importaba la marca de las botas de fútbol que regalaba la abuela aunque, eso sí, no podían ser de tacos porque si no en el colegio no nos dejaban jugar en el pabellón.
Tardes, aquellas, de partidos con "portero delantero" ("¡que es que somos uno menos!") o, si nada más había una portería, de "regatear y marcar" (también conocido como "Mundialito"), en el que cada uno escogía un futbolista "de los de verdad" ("pero sin repetir"). La alegría, no obstante, duraba hasta que llegaban los mayores y se abrían tres opciones: "echarles un partido", si nos dejaban, en el que sólo nos quedaba intentar darles patadas mientras nos pegaban un baño a base de "cachitas" ("cañitos") y "sombreritos", irnos con la cabeza gacha o, por último, irnos con la cabeza alta después de haber aguantado estoicamente (stoitchkamente) durante un par de minutos sus balonazos.
Era el momento, entonces, de llegar a casa con la cara llena de churretes marrones y, con suerte, con un nuevo agujero a la altura de la rodilla del pantalón de chándal, presto para que mi madre me pusiera, con la plancha, un parche que, muy probablemente, iría encima de otro parche ya añadido unos años atrás, cuando aquellos pantalones aún eran de mi hermano mayor y, en una de esas entradas que te hacían rodar por el suelo agarrándote la tibia con las dos manos, había agujereado una prenda con la que, meses antes, mi madre le habría ilusionado tras comprarla en cualquier tienda de deportes.
Recuerdo cómo intentábamos atraer para esos partidos a quienes tenían otras distracciones previstas para su recreo (jugar al elástico con las niñas, a los indios y vaqueros de plástico o, simplemente, comerse el bocadillo tranquilamente sentado), porque intentábamos formar una defensa lo más nutrida posible a base de gorditos y mariquitas.
Eran tiempos en los que antes de empezar había que aclarar que los "bujinazos" estaban prohibidos ("no valen bujis"), por no hablar de los punterones. Años en los que las rimas de mi vida eran las de "de portería a portería, fullería" y, con melodía incluida, las de "hemos ganao/la Copa del meao/los que han perdío/se la han bebío". Sietes de enero con las calles llenas de niños vestidos de arriba abajo con una nueva equipación de fútbol a la que no le faltaban ni las espinilleras.
Los balones buenos, entonces, eran los que traía algún afortunado que ese día cumplía años y que, nos garantizaban, eran "de reglamento". Eso sí, ¡cuánto fastidiaba que alguien trajera un Mikasa, al que no lográbamos desplazar más de 5 metros (a pesar de tirar "con toas mis ganas").
Bendita infancia en la que hacían ilusión cosas tan simples como ponerle un número a una sencilla camiseta de algodón ("¿el 10 de Oli?, ¿el 11 de Tom?"). Tiempos en los que aún no importaba la marca de las botas de fútbol que regalaba la abuela aunque, eso sí, no podían ser de tacos porque si no en el colegio no nos dejaban jugar en el pabellón.
Tardes, aquellas, de partidos con "portero delantero" ("¡que es que somos uno menos!") o, si nada más había una portería, de "regatear y marcar" (también conocido como "Mundialito"), en el que cada uno escogía un futbolista "de los de verdad" ("pero sin repetir"). La alegría, no obstante, duraba hasta que llegaban los mayores y se abrían tres opciones: "echarles un partido", si nos dejaban, en el que sólo nos quedaba intentar darles patadas mientras nos pegaban un baño a base de "cachitas" ("cañitos") y "sombreritos", irnos con la cabeza gacha o, por último, irnos con la cabeza alta después de haber aguantado estoicamente (stoitchkamente) durante un par de minutos sus balonazos.
Era el momento, entonces, de llegar a casa con la cara llena de churretes marrones y, con suerte, con un nuevo agujero a la altura de la rodilla del pantalón de chándal, presto para que mi madre me pusiera, con la plancha, un parche que, muy probablemente, iría encima de otro parche ya añadido unos años atrás, cuando aquellos pantalones aún eran de mi hermano mayor y, en una de esas entradas que te hacían rodar por el suelo agarrándote la tibia con las dos manos, había agujereado una prenda con la que, meses antes, mi madre le habría ilusionado tras comprarla en cualquier tienda de deportes.
sábado, 25 de abril de 2009
Las vueltas que da la vida
Recuerdo que en el verano del 99 pasé quince días con mi familia en una aldea de Asturias llamada Querúas. Solíamos coger el coche para movernos por todo el Principado, y en una de esas paramos un día a comer en una venta en la que había muchas fotos de un chaval vestido con la camiseta del Joventut, así como una camiseta y unas botas blancas de básquet enormes. Pregunté a los dueños de la venta que quién era el chico de las fotos, y me explicaron que era su hijo Borja, que estaba en las categorías inferiores de la Penya.
Esperé durante años a que aquel chaval asturiano llegara a la primera plantilla del equipo verdinegro, pero no volví a saber de él hasta que hace tres o cuatro años vi en Marca que un tal Borja Fernández dejaba el Cai Zaragoza de baloncesto para pasarse al equipo de balonmano de la ciudad.
Desde entonces le he seguido en cierto modo la pista, mirando sus estadísticas un par de veces al año. Aunque el tipo no se haya convertido en un crack del balonmano, al menos ha conseguido estar siempre, desde su cambio de deporte, en la liga Asobal, donde se le puede ver cada fin de semana vistiendo la camiseta del Teucro de Pontevedra.
Esperé durante años a que aquel chaval asturiano llegara a la primera plantilla del equipo verdinegro, pero no volví a saber de él hasta que hace tres o cuatro años vi en Marca que un tal Borja Fernández dejaba el Cai Zaragoza de baloncesto para pasarse al equipo de balonmano de la ciudad.
Desde entonces le he seguido en cierto modo la pista, mirando sus estadísticas un par de veces al año. Aunque el tipo no se haya convertido en un crack del balonmano, al menos ha conseguido estar siempre, desde su cambio de deporte, en la liga Asobal, donde se le puede ver cada fin de semana vistiendo la camiseta del Teucro de Pontevedra.
martes, 10 de marzo de 2009
Faryd
Recuerdo cuando el portero colombiano Mondragón fue rebautizado en Zaragoza como "MonTragón".
Tengo una anécdota al respecto que me apetece recordar. Una prima mía se casó con un argentino y un día, hablando con él de fútbol, me explicó que era de Independiente. Entonces le dije algo así como: "aaah! de allí vino Mondragón, que era malísimo!!", y le conté lo del mote.
Él torció el gesto y defendió al guardameta colombiano, quien parece ser que en Indepentiente de Avellaneda lo había hecho bastante bien.
A las pocas semanas me inscribí con unos amigos en un torneo de fútbol-sala. Como necesitábamos portero, llamé al argentino, que accedió encantado a jugar con nosotros, eso sí, vestido durante todo el campeonato con la equipación completa (el "buzo" le llamaba él) de Mondragón en Independiente (e inexplicablemente con espinilleras).
Por cierto, el mejor jugador de ese torneo fue un actual integrante de la plantilla del Leganés, cosas de la vida.
Tengo una anécdota al respecto que me apetece recordar. Una prima mía se casó con un argentino y un día, hablando con él de fútbol, me explicó que era de Independiente. Entonces le dije algo así como: "aaah! de allí vino Mondragón, que era malísimo!!", y le conté lo del mote.
Él torció el gesto y defendió al guardameta colombiano, quien parece ser que en Indepentiente de Avellaneda lo había hecho bastante bien.
A las pocas semanas me inscribí con unos amigos en un torneo de fútbol-sala. Como necesitábamos portero, llamé al argentino, que accedió encantado a jugar con nosotros, eso sí, vestido durante todo el campeonato con la equipación completa (el "buzo" le llamaba él) de Mondragón en Independiente (e inexplicablemente con espinilleras).
Por cierto, el mejor jugador de ese torneo fue un actual integrante de la plantilla del Leganés, cosas de la vida.
miércoles, 25 de febrero de 2009
El gol de Hornos
Ando liado últimamente y falto de recuerdos, así que me voy a tomar la licencia de recordar una experiencia personal.
Érase que se era un partido de liga en el Ramón Sánchez Pizjuán allá por la 2003/04 ó algo por el estilo. El equipo visitante era la Real Sociedad y el encuentro parecía destinado a terminar 0-0.
Digo que ese parecía su destino porque el Sevilla contaba como delantero centro en aquel encuentro con Germán Hornos, joven promesa uruguaya que llegó, marcó tres goles en el partido de presentación contra la siempre peligrosa selección de Nueva Zelanda y hasta el momento de los hechos no había logrado volver a mojar con la camiseta sevillista (o sí que había marcado, pero en un partido contra el Cerro Reyes en un partido de Copa)(no es una gracia lo de "Cerro Reyes", es un equipo de un barrio de Badajoz, creo, que en aquella época jugaba en 3ª).
El caso es que el partido transcurría con un sinfín de ocasiones desperdiciadas por el ariete charrúa. Yo tenía mi asiento en el segundo anfiteatro de Gol Norte y, como en todas las gradas de España, allí también teníamos al pesado de turno. El tipo era un cateto que se sentaba unas diez filas por encima de mí y que se tiraba toda la temporada pegando gritos cagándose en los muertos de todo aquel que se le ocurriera. Ese día, concretamente, le dio por German Hornos, a quien no paró de insultar desde el primer minuto.
Yo, que tenía ciertas esperanzas depositadas en el joven delantero, estaba hasta los mismísimos del tipo aquél. Yo y toda la grada, porque era realmente insoportable.
Bueno, me centro en los hechos: resultó que en el minuto 95 (minuto arriba, minuto abajo) Hornos marcó el gol de la victoria del Sevilla (un gol feísimo, por cierto). Yo, inmediatamente, mientras todo el mundo celebraba el gol, me giré y me puse a hacerle cortes de manga al cabestro antes mencionado. Tardó un rato en darse cuenta de que mis ademanes iban dirigidos a él, pero le quedó claro una vez que acompañé los cortes de manga con claros gestos que indicaban "¡¡a ti, a ti!!". El tipo inmediatamente apartó la euforia a la que le había conducido el por él vilipendiado German Hornos, saltó una valla y bajó corriendo a por mí.
Yo, que debía tener 18 años y que no me había pegado con nadie en mi vida, aguardé en el sitio a que bajara, movido por una mezcla entre una especie de parálisis por acojonamiento, chulería y asunción de la responsabilidad por lo que había provocado.
Al final entre unos cuantos contuvieron al tipo que, por cierto, podría haberme hecho mucho daño, supongo que en un gesto de solidaridad e identificación con mi reacción.
Érase que se era un partido de liga en el Ramón Sánchez Pizjuán allá por la 2003/04 ó algo por el estilo. El equipo visitante era la Real Sociedad y el encuentro parecía destinado a terminar 0-0.
Digo que ese parecía su destino porque el Sevilla contaba como delantero centro en aquel encuentro con Germán Hornos, joven promesa uruguaya que llegó, marcó tres goles en el partido de presentación contra la siempre peligrosa selección de Nueva Zelanda y hasta el momento de los hechos no había logrado volver a mojar con la camiseta sevillista (o sí que había marcado, pero en un partido contra el Cerro Reyes en un partido de Copa)(no es una gracia lo de "Cerro Reyes", es un equipo de un barrio de Badajoz, creo, que en aquella época jugaba en 3ª).
El caso es que el partido transcurría con un sinfín de ocasiones desperdiciadas por el ariete charrúa. Yo tenía mi asiento en el segundo anfiteatro de Gol Norte y, como en todas las gradas de España, allí también teníamos al pesado de turno. El tipo era un cateto que se sentaba unas diez filas por encima de mí y que se tiraba toda la temporada pegando gritos cagándose en los muertos de todo aquel que se le ocurriera. Ese día, concretamente, le dio por German Hornos, a quien no paró de insultar desde el primer minuto.
Yo, que tenía ciertas esperanzas depositadas en el joven delantero, estaba hasta los mismísimos del tipo aquél. Yo y toda la grada, porque era realmente insoportable.
Bueno, me centro en los hechos: resultó que en el minuto 95 (minuto arriba, minuto abajo) Hornos marcó el gol de la victoria del Sevilla (un gol feísimo, por cierto). Yo, inmediatamente, mientras todo el mundo celebraba el gol, me giré y me puse a hacerle cortes de manga al cabestro antes mencionado. Tardó un rato en darse cuenta de que mis ademanes iban dirigidos a él, pero le quedó claro una vez que acompañé los cortes de manga con claros gestos que indicaban "¡¡a ti, a ti!!". El tipo inmediatamente apartó la euforia a la que le había conducido el por él vilipendiado German Hornos, saltó una valla y bajó corriendo a por mí.
Yo, que debía tener 18 años y que no me había pegado con nadie en mi vida, aguardé en el sitio a que bajara, movido por una mezcla entre una especie de parálisis por acojonamiento, chulería y asunción de la responsabilidad por lo que había provocado.
Al final entre unos cuantos contuvieron al tipo que, por cierto, podría haberme hecho mucho daño, supongo que en un gesto de solidaridad e identificación con mi reacción.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)