miércoles, 25 de febrero de 2009

El gol de Hornos

Ando liado últimamente y falto de recuerdos, así que me voy a tomar la licencia de recordar una experiencia personal.
Érase que se era un partido de liga en el Ramón Sánchez Pizjuán allá por la 2003/04 ó algo por el estilo. El equipo visitante era la Real Sociedad y el encuentro parecía destinado a terminar 0-0.
Digo que ese parecía su destino porque el Sevilla contaba como delantero centro en aquel encuentro con Germán Hornos, joven promesa uruguaya que llegó, marcó tres goles en el partido de presentación contra la siempre peligrosa selección de Nueva Zelanda y hasta el momento de los hechos no había logrado volver a mojar con la camiseta sevillista (o sí que había marcado, pero en un partido contra el Cerro Reyes en un partido de Copa)(no es una gracia lo de "Cerro Reyes", es un equipo de un barrio de Badajoz, creo, que en aquella época jugaba en 3ª).
El caso es que el partido transcurría con un sinfín de ocasiones desperdiciadas por el ariete charrúa. Yo tenía mi asiento en el segundo anfiteatro de Gol Norte y, como en todas las gradas de España, allí también teníamos al pesado de turno. El tipo era un cateto que se sentaba unas diez filas por encima de mí y que se tiraba toda la temporada pegando gritos cagándose en los muertos de todo aquel que se le ocurriera. Ese día, concretamente, le dio por German Hornos, a quien no paró de insultar desde el primer minuto.
Yo, que tenía ciertas esperanzas depositadas en el joven delantero, estaba hasta los mismísimos del tipo aquél. Yo y toda la grada, porque era realmente insoportable.

Bueno, me centro en los hechos: resultó que en el minuto 95 (minuto arriba, minuto abajo) Hornos marcó el gol de la victoria del Sevilla (un gol feísimo, por cierto). Yo, inmediatamente, mientras todo el mundo celebraba el gol, me giré y me puse a hacerle cortes de manga al cabestro antes mencionado. Tardó un rato en darse cuenta de que mis ademanes iban dirigidos a él, pero le quedó claro una vez que acompañé los cortes de manga con claros gestos que indicaban "¡¡a ti, a ti!!". El tipo inmediatamente apartó la euforia a la que le había conducido el por él vilipendiado German Hornos, saltó una valla y bajó corriendo a por mí.
Yo, que debía tener 18 años y que no me había pegado con nadie en mi vida, aguardé en el sitio a que bajara, movido por una mezcla entre una especie de parálisis por acojonamiento, chulería y asunción de la responsabilidad por lo que había provocado.
Al final entre unos cuantos contuvieron al tipo que, por cierto, podría haberme hecho mucho daño, supongo que en un gesto de solidaridad e identificación con mi reacción.

4 comentarios:

stbz-detritus dijo...

bonita historia
cuantos pesaos de esos habrá en los campos y bares de españa...

Capitán (tan) Argento dijo...

Desternillante anécdota! Buenísima, me descojoné..

jota dijo...

Esto es un cuento en toda regla: no por mentira, sino por literatura. Enhorabuena.

Antonio dijo...

Vaya, Jota, muchas gracias!